El nivel de estudios y la estadística

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Niña escribiendo el abecedario en una pizarra

Uno tiene la impresión de que cuando los “expertos” se ponen a hacer estadísticas, al igual que cuando se meten en el tema de las encuestas, el resultado suele favorecer, casi sin excepciones, a quienes han encargado las unas o las otras. Quizás esté equivocado, y como errar es humano, pido perdón por anticipado a quienes se puedan sentir aludidos.

Cuando llega el fin de curso escolar, se repite año tras año el trabajo acerca del bajo nivel de estudios de los chicos españoles, llegando a veces a especificar en cuanto a los catalanes. Que si en matemáticas estamos a la cola del mundo, que si en idiomas estamos a años luz de los suecos, que si en geografía no saben ni los afluentes del Ebro, aunque luego, en los mismos días, se llegue a presumir de que en junio aprueba la selectividad el noventa por ciento largo de los alumnos presentados a examen.

Y hay quien se llega a preguntar si es que los cerebros van decreciendo en tamaño, las células grises empalidecen, o es que quizás el problema proviene de la calidad de los enseñantes en lugar de la de los aprendices. Y recuerda pancartas de hace ya muchos años en las que podía leerse algo así: “Los hijos de los pobres queremos estudiar”. Hoy, por ley, ha de estudiar todo el mundo.

Hace unos días, escuchaba la conferencia de un famoso catedrático de una de las universidades privadas de Barcelona, y el tema era en torno a la bondad y a la generosidad de las personas, tema de enjundia sin duda. Y el profesor tomó como base de su disertación el conocido tema del “buen samaritano”. Nos dijo que unos días antes, en torno al mismo tema, había hablado en un colegio de chicos que aún no habían llegado a los estudios de bachillerato, es decir de entre los 9 a 11 años aproximadamente.

El maestro había ya expuesto el argumento base, el de la generosidad de las personas, encarnada en la figura conocida de la parábola, y su término opuesto, en cuanto a las personas que pasan de largo, miran para otro lado, o simplemente no se preocupan de nada ni de nadie, salvo de uno mismo, y con un poco de suerte, tal vez de su familia más próxima. Y llegó el momento del coloquio, de la intervención del público, como suele ocurrir actualmente en este tipo de conferencias. Invitó a los niños, y también a las profesoras asistentes, porque daba la casualidad de que eran todas féminas, a que hiciesen preguntas. Como también es normal, estas preguntas fueron escasas.

Un chico de unos diez años levantó la mano, en evidente señal de pedir la palabra. Y planteó este asunto: El samaritano era un buen hombre. Pero ¿qué hubiera pasado si cien metros más adelante de donde encontró a la víctima maltrecha de los ladrones hubiese encontrado a otro hombre molido a palos?

¿Y si doscientos metros después a otro ¿ ¿Qué hubiera hecho? Tal vez su manera de actuar hubiese sido distinta. El profesor salió del apuro con su habitual maestría de muchos años, aunque pensando que aquel muchachito estaba “tirando con bala”, poniendo de relieve que, aunque las estadísticas no lo coloquen primero en matemáticas o en inglés, lo que si sabe es pensar. Que no es poco.

No terminó allí el coloquio. Incluso se prolongó más tarde con las profesoras y la dirección del centro, incluso con algunos padres de alumnos. Y aquí llegó uno de los momentos , para mí clave, de aquella tarde escolar, supongo que dentro de la famosa sexta hora. Porque, una de las maestras dijo algo así: Me ha gustado mucho su conferencia, señor profesor, pero me gustaría que me dijese de donde ha extraído usted el pasaje del samaritano bueno, porque no recuerdo ninguna novela ni obra de teatro, ninguna historia sobre este asunto de tanta bondad, y me gustaría poderla leer.

El día que un grupo de amigos escuchamos al catedrático barcelonés no hicimos comentarios al respecto, como pienso que él mismo tampoco debió hacerlos en el día del origen de todo este pequeño embrollo, y mucho menos sobre las dudas de la profesora. Tanto aquí, como allá, el protagonismo se lo llevó el niño de diez años que “disparaba con bala”. Sin duda se había quedado solo ante el peligro. Aunque en el fondo , creo que pronto estará capacitado para ser protagonista de encuestas y estadísticas. Tiene lo principal.

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