La generación que espera

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Chica adolescente sentada en el suelo de un parque en otoño

Los  cambios  sociales  que  estamos  viviendo  en  estos  años han perjudicado y perjudican cada vez  más a los  jóvenes, que se  ven frenados en sus   inquietudes,  que  no  ven  las  soluciones  adecuadas a sus  problemas, que no tienen enfrente nada que pueda  ayudar a sus esperanzas, sino  todo lo contrario, hasta  llegar a verse heridos en lo  profundo, cuando  no encuentran  un trabajo,  ni  digno ni de ninguna  clase, y lo que es  peor, que no se ven comprendidos cuando emplean  el lenguaje que ellos entienden  y  que los adultos  ven como algo extraño, raro y hasta  difícil, un  lenguaje casi imposible  de interpretar  por dos generaciones  que debieran  estar próximas a entenderse pero que no encuentran  el  camino para  conseguirlo.

Pero el camino  existe, aunque parezca difícil de abordar. Existe, y además los mayores  saben  por  donde  pasa o, al menos, por  donde  debería  pasar. Creo que el primer  paso  por  la línea  recta  de  este camino  debiera  ser que la sociedad, las  familias, los   padres y los educadores  tomasen  seria  conciencia de que el momento de la comunidad   actual  ha  de tener  como base  el logro  de una  educación  completa de los jóvenes, y a la  vez, y como complemento, tener claro  que  los  jóvenes tienen prisa, tal vez urgencia en  lograr  ocupar  un  espacio protagonista, no solo porque los antecesores  están algo   anquilosados, sino  también  porque  ellos deben estar  verdaderamente preparados para  tomar  las riendas  de un futuro  que  está a punto de llegar. Además, y esto es una constatación  bastante  desgraciada, la generación  que ha de dar el relevo ha demostrado una enorme  cantidad  de carencias, una  tendencia  tremenda  a la corrupción  y  al  oportunismo, y  una  falta cada  vez  mayor  hacia  el  diálogo, sobre  todo en los casos de  la   llamada  “casta “ política, aunque  yo sigo pensando  que lo de casta  es algo  simbólico, aunque  sí  haya elementos  no  solo de  casta, sino de mala casta, capaces de venderse por  unas lentejas.

El problema  se plantea  cuando  pensamos  en  donde se encuentran  los muchachos capaces  de  llevar  su buena fe, sus conocimientos y los elementos educativos recibidos a cada rincón de nuestro mundo, a cada  esquina de nuestras  ciudades y a cada resolución  de nuestros  problemas, sobre todo los problemas de los más necesitados, olvidándose  del “ yo”, para  pensar  más en el “ vosotros”.  Quizás  les  estaría muy bien, para salir  de lo  que  llamamos  crisis  actual, hacer frente a algunos  de los  desafíos  de nuestro mundo, y  que  ya   nos recordó  el Papa Francisco  poco  después  de  acceder  a   su cargo.

Lo primero sería  decir no, claramente, a una economía  de exclusión  y de desigualdad,  y  que,  como  ejemplo  podemos  citar el  que  deje  fríos  el hecho de que un  anciano muera  solo en la calle, mientras  que  sea noticia de portada  la  bajada de  dos  puntos  en la bolsa.  Y  luego,  sin solución de continuidad, negar la  creciente idolatría  del dinero;  la  crecida de los  beneficios de unos pocos, mientras  los salarios se mantienen  siempre  al mínimo;  el dejarse  gobernar  por el dinero en  lugar  de servirnos  de  él;  nunca hacer que  la  desigualdad  genere violencia, tanto  la  desigualdad  económica   como  la  cultural;  el  ocuparse  de las cosas  exteriores  y no de las verdaderamente importantes.  En  fin,  estar  dominados  por  las apariencias, por  aquello que de no vale la  pena  mover ni un dedo. Lo importante  sería olvidar  el  relativismo, y de paso el materialismo, el afán de consumo y todo cuanto suena a individualismo.

Hace unos días, una manifestación  demasiado numerosa, gritaba  desaforadamente  a favor del aborto, dado que, dicen, que la mujer tiene  derecho a decidir sobre su  cuerpo, cuando  el feto  es  un  ser nuevo, independiente  e indefenso.  Unos  días  después, otro   grupo  de manifestantes  llamaba  asesinos  a los veterinarios  y sus auxiliares  que  iban  a  sacrificar a un perro sospechoso  de poder transmitir  y propagar una gravísima enfermedad. No  voy a decir que en los  grupos  se  repitieron  las mismas personas, pero tampoco voy a afirmar lo contrario.  Esto es relativismo puro.

Lo  que  si  voy a  decir, porque  me  consta  y  porque  vivo  en  el mismo mundo que  muchos  millones de  personas,  es que  la generación  actual  se  deja  manejar, permite   que  un  pequeño  grupo, conocedor  de la  técnica para hacerlo, les  hace  caer a  través   del  más  vulgar de los  chalaneos, en  algo tan  absurdo  como  dejarse  dominar y creer a  pies  juntos  que  quienes  más gritan  son los  que tienen la  razón, mientras que  una   callada  y  prudente  mayoría  no  alborota  y, a la  vez,  espera.  Quisiera  creer que esa espera  no significa  cobardía, sino  sencillamente  respeto  por  la  opinión  de   los demás.

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